El valor de recordar que ya salimos adelante
Hay momentos en la vida en los que nos sentimos capaces de todo. Caminamos con seguridad, hacemos proyectos y creemos que ningún obstáculo será demasiado grande. Sin embargo, también existen esos días en los que una dificultad parece suficiente para hacernos pensar que no valemos nada, que hemos perdido el rumbo o que ya no podremos salir adelante.
Lo curioso es que ambas sensaciones nacen de la misma persona.
Somos nosotros quienes, según el momento que atravesamos, magnificamos nuestras fortalezas o nuestras debilidades. En los días buenos olvidamos cuánto sufrimos para llegar hasta aquí, y en los días malos olvidamos todas las veces que ya conseguimos levantarnos.
Quizás el mayor error sea creer que el presente define para siempre quiénes somos.
La vida suele repetir sus lecciones
A lo largo de los años atravesamos infinidad de experiencias. Algunas nos llenan de alegría y otras nos ponen a prueba. Pero si observamos con atención, descubriremos que muchas situaciones vuelven a aparecer, aunque con distintos protagonistas, diferentes escenarios o nuevas circunstancias.
Es como si la vida nos preguntara una y otra vez:
"¿Esta vez responderás de la misma manera o has aprendido algo del camino recorrido?"
Muchas veces repetimos errores porque reaccionamos impulsivamente, llevados por el miedo, la inseguridad, el orgullo o la tristeza. Sin darnos cuenta, volvemos a recorrer senderos que ya conocemos.
Pero también sucede algo maravilloso: cada experiencia deja una enseñanza, incluso aquellas que preferiríamos no haber vivido. Con el tiempo aprendemos a detenernos antes de responder, a escuchar más, a desesperarnos menos y a comprender que no todo depende de nosotros.
Sin advertirlo, vamos creciendo.
El pasado también puede ser un aliado
Cuando atravesamos un momento difícil solemos mirar hacia atrás para recordar aquello que nos hizo sufrir. Sin embargo, pocas veces recordamos algo mucho más importante: también salimos adelante.
Hubo días en los que pensamos que no podríamos soportar una pérdida, una enfermedad, una decepción, un problema económico o una profunda tristeza. En aquel instante parecía imposible imaginar que volveríamos a sonreír.
Y, sin embargo, aquí estamos.
La memoria suele ser injusta. Conserva el dolor con mucha intensidad, pero a veces olvida la fortaleza con la que logramos vencerlo.
Por eso, cuando una nueva dificultad aparece, quizás convenga hacerse una pregunta muy sencilla:
Si ya pude superar otras tormentas, ¿por qué esta vez habría de ser diferente?
No porque la vida sea fácil, sino porque nosotros ya no somos los mismos de entonces.
No todo permanecerá como hoy
Cuando el desánimo nos visita, solemos pensar que ese estado será permanente. Nos cuesta creer que las emociones también cambian, que el tiempo modifica nuestra mirada y que aquello que hoy parece enorme, dentro de unos meses quizás sea apenas un recuerdo.
¿Cuántas veces dijimos "nunca voy a superar esto" y, con el paso del tiempo, descubrimos que la vida siguió adelante?
No se trata de minimizar el sufrimiento. Cada persona vive sus problemas con una intensidad distinta y merece respeto. Pero también es cierto que las emociones no permanecen inmóviles. Evolucionan, se transforman y, muchas veces, terminan ocupando un lugar mucho más pequeño del que parecían tener.
Por eso conviene no tomar decisiones importantes cuando el dolor ocupa todo nuestro pensamiento.
Esperar también es una forma de sabiduría.
Aceptar no significa rendirse
Existe una idea equivocada acerca de la aceptación. Muchas personas creen que aceptar es resignarse, bajar los brazos o dejar de luchar.
En realidad ocurre exactamente lo contrario.
Aceptar significa reconocer la realidad tal como es para poder actuar con claridad. Mientras seguimos peleando contra aquello que ya ocurrió, desperdiciamos energías que podrían servirnos para construir el futuro.
Hay situaciones que podemos cambiar y otras que simplemente debemos aprender a transitar.
Comprender esa diferencia nos devuelve una serenidad que muchas veces creíamos perdida.
Aceptar no elimina el dolor, pero evita agregarle el peso de la rebeldía permanente.
Somos mucho más de lo que creemos
En ocasiones llegamos a convencernos de que no somos suficientes. Nos comparamos con los demás, observamos únicamente nuestras limitaciones y olvidamos todo lo que hemos recorrido.
Sin embargo, cada cicatriz cuenta una historia de superación.
Cada decepción nos enseñó algo.
Cada caída fortaleció nuestra experiencia.
Cada error nos permitió comprender mejor quiénes somos.
No somos solamente nuestras dudas.
No somos únicamente nuestros fracasos.
Tampoco somos los errores que alguna vez cometimos.
Somos también todas las veces que volvimos a empezar cuando parecía que ya no quedaban fuerzas.
Y eso tiene un enorme valor.
Mirar el futuro con otra confianza
El futuro siempre será incierto. Nadie puede garantizar que no aparecerán nuevos desafíos.
Pero sí podemos elegir con qué actitud los enfrentaremos.
Si miramos únicamente nuestras preocupaciones, el camino parecerá interminable. En cambio, si recordamos todo lo que ya hemos aprendido, descubriremos que llevamos dentro muchas más herramientas de las que imaginamos.
La vida seguirá presentándonos desafíos.
Eso no cambiará.
Lo que sí puede cambiar es la confianza con la que decidimos atravesarlos.
Porque cada experiencia vivida nos prepara silenciosamente para la siguiente.
Un abrazo para seguir caminando
No te agobies si hoy las cosas no salen como esperabas.
No te castigues por sentir miedo o tristeza.
No olvides que muchas veces pensaste que no podrías continuar... y continuaste.
Acepta lo que ya ocurrió. Vive plenamente lo que está ocurriendo hoy. Y permanece abierto a todo lo bueno que todavía está por llegar.
Quizás dentro de un tiempo mires hacia atrás y descubras que este momento, que hoy parece tan difícil, fue simplemente otra lección que la vida puso en tu camino para recordarte algo que nunca debiste olvidar:
Eres mucho más fuerte de lo que crees.
UN AIROSO ABRAZO
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