El pasillo de los cuadros: donde la mente deja de ser confiable
Un relato entre la vigilia, el sueño y la fragilidad de la memoria
La habitación desconocida
Me despierto un tanto desconcertado en la sala de una casa que jamás había visto en mi vida. Lo curioso es que no despierto en una cama o en un sofá como se supone que debería ser, al contrario, me despierto sentado en una silla.
La sala parece estar vacía, las sórdidas paredes sirven de hogar para telarañas que adornan el lugar y la poca luz que se cuela por las ventanas tapizadas, me dejan entrever el escenario lúgubre en el cual he aparecido.
El peso del silencio
El silencio atormenta, hasta el punto de odiar el sonido de la respiración dentro de mi propia cabeza; la oscuridad se crea de a poco, sobre todo cada vez que camino en dirección contraria a la poca luminosidad que hay; la incertidumbre crece a pasos agigantados, el vacío se siente como otro habitante más, la pesadez del lugar sólo me dice los años que debe llevar esa habitación sin nadie que la habite -al menos, no algo tangible-.
El pasillo interminable
Luego de un largo rato buscando de cuarto en cuarto, me encuentro con un pasillo largo que se corta de pronto por la falta de claridad, haciéndome pensar que transitarla será prácticamente imposible.
Dentro de ese pasillo, adornando las paredes, hay centenares de cuadros, autorretratos de personas que alguna vez en mi vida había visto y mientras más me acercaba a lo que parecía el final, cada cuadro mostraba a alguien muchísimo más cercano a mí.
El límite del corredor
Pasaron horas sin tiempo recorriendo esa línea recta sin fin sólo para encontrarme con una pared, una calle ciega.
Un cuadro gigantesco la engalanaba, esta vez tenía más adornos, había oro, había flores, había una vida entera alrededor de ese lugar si se comparaba con el resto del pasillo.
Lo curioso de todo esto era que en ese cuadro, solo había una silla vacía en mitad de una sala a punto de ser engullida por la oscuridad, pero hay algo extraño en ella y es que se parecía a aquella en la cual había despertado hace algunas horas, la misma donde todo esto había comenzado.
El estruendo
Inesperadamente comencé a escuchar un estruendo que venía en mi dirección, como si alguien se quisiera abalanzar sobre mí.
Desperté, luego de un paso eterno de algunos segundos, en la misma silla.
Solo que esta vez, todos aquellos que formaban parte del adorno de la sala, estaban observándome fijamente, me miraban perdidamente, como si no hubiera nada dentro de ellos, como si fueran maniquíes puestos alrededor de mí.
Sus ojos estaban desorbitadamente abiertos, nadie hacía algún gesto que delatara sus intenciones, solo había una sonrisa sórdida, tenebrosa, que parecía estar adherida a su rostro.
La inmovilidad
Intentaba moverme de alguna manera y no podía, alguna fuerza evitaba que algún músculo de mi cuerpo cambiara de posición, y en medio del pánico, sólo se me ocurrió cerrar los ojos e intentar dormir para poder salir de una vez de ese extraño sueño.
Dentro de la imagen
Cuando abrí los ojos, todo había cambiado. Estaba otra vez en el pasillo, pero ahora la perspectiva era distinta… como si estuviera dentro del cuadro.
Y así era. Estaba sentado en la misma silla.
A lo lejos, me veía venir a mí mismo, observando los cuadros, escuchando mi respiración retumbando en mis oídos.
El encuentro
Frente a mí, vi mi propio rostro. El terror era idéntico en ambos.
Entonces ocurrió lo imposible: me encontré conmigo mismo. Y sentí un golpe invisible en el pecho, mientras una presencia se acercaba desde la distancia.
El colapso
Todo se oscureció. Solo quedaron voces, sonidos lejanos, como una reunión perdida en la nada.
Luego, silencio.
Abrí los ojos en mi cuarto. Todo parecía normal.
Pero algo no encajaba.
El hallazgo final
Al apoyar el pie en el suelo, lo vi. A mi lado… los restos de lo que alguna vez había sido mi cuerpo.
Cierre
Que la investigación corra más rápido que el Alzheimer.
Mi pequeño homenaje a todos los que padecen esta maldita enfermedad, a sus familiares y a sus cuidadores por la gran labor que hacen.
No nos olvidemos de ellos…
Si estas historias encuentran eco en ti, hay más relatos esperándote en mi espacio visual.
Texto: Julio César Di GennaroTambién te puede interesar:
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